Photo by Sally Mann

sábado, 1 de septiembre de 2012

Calle de Los Santos

Sucedió en viernes, en la larguísima y recta calle de Los Santos, con el diablo vestido de bufón agarrado a su cintura y Marilyn Manson versionando Personal Jesús.
Ocurrió al mediodía, bajo un sol de justicia y un cielo demasiado azul.
Se inició en el preciso instante en que un público anodino, anestesiado y aburrido paseaba perritos impertinentes y abuelitas demenciadas.
Ella solo quería pedalear. Pedalear sin reglas ni normas. Pedalear sin vetos hasta la playa y tumbarse en la arena.
Y entonces ocurrió, ante el quinto semáforo despóticamente rojo que detenía su marcha, el desafío enajenado dibujó un punto final en su cara. Impulsó con furia los pedales iniciando una veloz carrera, y batiéndose en valeroso duelo contra la parca contravino todas las leyes de la cordura.
Cuando el azote del viento en sus ojos provocó el derramamiento de un lágrima, lentamente soltó el manillar y elevando en cruz sus brazos, con delicada elegancia, los transformó en bellas alas de ángel caído.
Inspiró profundamente, cerró con suavidad los ojos y alzó su rostro hasta sentir sobre él la incrédula mirada del sol.

Marilyn susurraba:

Your own personal Jesus
Someone to hear your prayers
Someone who cares
Your own personal Jesus
Someone to hear your prayers
Someone who’s there
Reach out and Touch Faith

Veintisiete semáforos custodian y gobiernan el compás de la vida en la calle de Los Santos.
Catorce de ellos sufrieron su intolerable desobediencia.
La parca bramaba furiosa contra su suerte. El diablo realizaba graciosas piruetas y aplaudía entusiasmado gritando: más, más, más. Las mujeres chillaban aterradas, los hombres voceaban coléricos, las abuelas se santiguaban entre inútiles rezos mientras los bocinazos rompían escaparates y los frenazos redecoraban el asfalto.
Marilyn, elegante y educado caballero, cedió su tiempo a Edith Piaf y su desgarrado Non je ne regrette rien, mientras una blanca, infinita y silenciosa paz inundó todo su cuerpo. Ya nada importaba. El dolor, la soledad, la incertidumbre, la nostalgia y la tristeza habían empezado diluirse dócilmente en esa deslumbrante y blanca paz.
La sorprendió descubrir que no tenía miedo a morir.
Y entonces supo que no es acercarse a la velocidad de la luz lo que ralentiza el tiempo. Lo que detiene relojes es saber que se tiene libertad hasta para morir sin necesidad de motivos o razones.
Y su paz detuvo el tiempo. Y la parca calló y dejó de mostrarse altiva y apodíctica. Humillada y derrotada se dejó sodomizar por el diablo que enloquecido se carcajeaba de su ultrajante fracaso.
Y en ese mundo que ella había logrado detener, grotescas muecas de rabia y horror habían quedado congeladas en las faces de los que habían increpado con furia su loco atrevimiento. Ella contemplaba esos rostros con beata benevolencia deseando que el terror que desfiguraba sus semblantes fuera algún día remplazado por la paz que otorga saber que muerte y vida son tan solo el reflejo de los miedos de nuestra alma en un espejo.

Y pedaleó hasta llegar a la playa y se tumbó en la arena y durmió el más pronfundo de los sueños acunada por el dulce Sound of Silence de Simon & Garfunkel