Fiorella abandonó por unos instantes el juego dejando caer
suavemente la pelota para fijar su pizpireta mirada en el hombre que se acababa
de sentar junto a la fontana de la plaza a la sombra del enorme roble que
techaba con sus verdes hojas al angelito de mármol que adornaba el centro de la plaza. A Fiorella le atrajo su extravagante aspecto, su barba poblada y
salpicada de mil hebras plateadas, su sombrero negro de viejo fieltro arrugado,
su llamativa chaqueta de cuadros y su mirada melancólica. Pero lo que realmente
atraía a Fiorella era su maleta. Una maleta de cuero envejecida y desgastada
adornada con cientos de pegatinas de mil colores y formas. El hombre sostenía
entre unos dedos temblorosos un cigarrillo que se consumía sin ser fumado. Fiorella se caracterizaba por ser una niña curiosa, atrevida y algo entrometida. Inició un trote saltarín para acudir al encuentro de ese fascinante
desconocido.
-Hola señor. Usted no es del pueblo ¿Verdad?
-No, creía que sí, pero no, no lo soy.
-¿A venido a visitar a alguien?
-No, ya nadie me espera.
-Me gusta su maleta. ¿Es usted un viajero como Phileas Fogg?
Mi mama me cuenta sus aventuras antes de dormir.
-Si. Supongo que soy algo parecido a Phileas.
-Entonces habrá visitado lejanos y mágicos lugares. Que
suerte señor.
-¿En serio? ¿Me crees afortunado? Pequeña, deja que te
cuente mis aventuras como tu mama te cuenta las de Phileas. Yo fui niño como
tú, y como tú jugaba en una plaza. Casi podría jurar que era esta en la que
ahora estamos sentados. Crecí entre la sencillez de unos padres que me querían
y un mundo de plácida y monótona felicidad. Siendo ya un hombre me casé con una
bella mujer, sus ojos de un color verdeoscurocasinegro me regalaban a todas
horas miradas de tímido y sincero amor. Los años pasaron y un día, al igual que
ha sucedido hoy contigo, un hombre similar al que ahora te habla llegó al
pueblo. Como a ti me atrajo su extravagancia y su maleta. Como tú me senté a su
lado y le pedí que me contara su historia. Me habló de sus viajes a lejanos lugares, de
seductoras mujeres, de fascinantes costumbres y de excitantes rincones. Su
relato me cautivó de tal manera que no fui capaz de leer la tristeza y la
soledad en su mirada. Quedé tan deslumbrado por las estampas que me describía
que cegado por ellas no comprendí que me hablaba desde la derrota. El
entusiasmo y la excitación crecieron en mí a partir de ese instante. Tan solo podía
soñar en viajar hacia todos esos mundos. Pasaba largas noches planeando ensimismado la forma y manera de iniciar mi gran travesía. Una mañana de un caluroso
verano, cuando las uvas se tornan rojas y brillantes a la espera de ser
recolectadas, le dije a mi mujer que me marchaba, que necesitaba explorar ese
mundo, que necesitaba encontrar la felicidad que ese hombre había
experimentado. Su mirada se tornó hielo, su cuerpo fue fría piedra, sus lágrimas
se secaron sin haber sido lloradas. Me despidió con un beso y en el preciso
instante en que cerraba la puerta sus ojos verdeoscurocasinegros se cerraron negándome
una última mirada. La maldije por no comprender la grandeza de mi acto, la maldije
por castigar con su dolor mi deseo de alejarme hacia tierras y experiencias más
apasionantes. Maldije su estrechez de miras y su ignorancia por negarse a entender que tenia la posibilidad de descubrir El Dorado.
-¿Lo encontró?
-¿Lo encontró?
-Hallé el reducto donde habitaban esas bellas y seductoras
mujeres capaces de elevarte el espíritu hasta lugares impensables con sus
caricias, con sus cuerpos y sus susurros
melosos, pero tras esos breves e intensos momentos solo hallaba vacío en sus
miradas y entonces me invadía la añoranza y la necesidad de volver a sentir los
cálidos dedos de mi mujer acariciando mis mejillas mientras me consolaba con su
tierna mirada verdeoscuracasinegra cuando llegaba derrotado del trabajo. Visité
ese fascinante país donde las damas fuman con largas boquillas elegantes
cigarrillos perfumados, y acudí a infinitas tertulias donde pensadores, poetas y
damiselas transgresoras de voz profunda y pastosa debatían hasta el sopor sobre el sentido de la vida, el origen del amor, el ser o no ser,
o el estar sin estar estando siempre por completo, tras la efímera fascinación inicial
mi mente agotadamente aburrida de escuchar tanta verborrea volaba hacia esos momentos en los que la cantarina y jovial voz de mi
mujer me contaba que esa mañana al ver los naranjos en flor que alfombraban el valle, había vuelto a soñar con nuestra vejez viviendo en una pequeña casa a las afueras del pueblo
con un sencillo jardín donde poder plantar jazmín, naranjos y geranios de
vivos colores. Anduve por esas exóticas tierras con canales y bicicletas, donde
las buhardillas de enormes ventanales acogen a amantes que emanan humos de drogas románticas mientras
languidecen entre suspiros profundos y silencios eternos. A la séptima calada de humo narcótico solo necesitaba, para no morir de desidia ante la repetitiva visión de otra barcaza turbadoramente inmóvil, reventar de una patada uno de esos ventanales para que su lluvia de cristales rotos evocaran el sonido que producía la sonora carcajada mi mujer ante una oportuna payasada por mi perpetrada. Visité ríos de plata, la sorpresa fue decepcionante, sus aguas no brillaban, desechos y cadáveres de roedores llevados lentamente por su viscosa corriente emanaban pútridos olores, contuve el vomito recordando el embriagador aroma de los sencillos platillos y pucheros que mi mujer cocinaba con ternura. Cuanto más andaba y más descubría, más negro se tornaba El Dorado. Cuanto más lejos viajaba más solo y vacío me sentía.
-Vaya señor, su historia no se parece en nada a la de Phileas.
Pero aunque no es una historia muy alegre seguro que su maleta debe estar llena
de recuerdos y objetos fascinantes que debió recoger a lo largo de su aventura.
-No pequeña. La maleta está vacía. No hubo nada que valiera
la pena recoger. Nada que mereciera ser recordado. Tan solo el exterior y sus
pegatinas de gastados colores son testigo de mi odisea.
-¿Y porque no regresa a casa junto a su mujer de ojos
verdeoscurocasinegros?
-Lo he intentado. ¿Conoces la casa que tiene un largo balcón
engalanado con geranios de alegres colores y un gran picaporte en forma de lirio en su puerta? ¿Esa que está junto al mercado?
-Sí, la conozco. Pero los geranios hace tiempo que son palitroques secos y
la casa hace mucho que está abandonada. Aunque el picaporte sigue teniendo algunas partes doradas, es precioso. Mis amigos y yo jugamos a las
escondidillas en esa casa.
-Pequeña, El Dorado picaporte del que hablas hubo un tiempo que me daba la bienvenida a esa casa. La casa donde un día habitaron los ojos verdeoscurocasinegros .