Photo by Sally Mann

viernes, 14 de septiembre de 2012

Le tomaron el pulso cuando ya era cadáver



Le robaron sus días, él no tomó parte en ello, su esclavo trabajo lo absolvía. Pero se declaró homicida involuntario en el frio acto de acuchillar repetidamente y en múltiples ocasiones sus noches. E insinceramente lo lamentaba a ratos. Le sirvieron te con limón para calmar su ánimo. Le comprendian, a veces, eso pasa.
La víctima yacía boca abajo con la cara escondida tras una fría sabana. Su cuerpo ahora quieto y silencioso no valía ni la madera roída del ataúd que le preparaban. Se tomaron huellas, se midieron distancias, se hicieron preguntas y la mentira asomó por la ventana. Hubo lamentos y reproches ¿Por qué nadie lo había evitado? Las culpas saltaban de mano en mano como una patata ardiente a la que nadie es capaz de pegarle un bocado.
Y debatían, discutían, callaban, rumiaban, señalaban nuevas pistas y las descartaban.
El cuerpo seguía grotescamente obviado sobre esa cama sin vistas.
El portero se acercó tímidamente al cabecero y contempló curioso como la sabana palpitaba justo en la zona del rostro. Yo creo que sigue viva, musitó hacia los expertos. No interrumpa caballero, aquí sabemos lo que hacemos, lo primero es lo primero y ahora pertoca establecer una cronología de lo acontecido.
Siendo hombre insistente y poco cauto no calló y aventuró una idea. Yo creo que tan sólo necesita aire, que le aparten la sabana, que la abracen tiernamente, que le den un soplo de suave aliento y una promesa sincera sin recodos ni asteriscos. De nuevo le rogamos que guarde silencio, se comprobará el estado de la víctima cuando todo haya acabado, ¿No se da cuenta de que este señor está conmocionado? No interrumpa que lo pone nervioso y se ofende. Deje que nos cuente su versión, que razone sus motivos, que exponga y enumere los actos nobles que le llevaron al fracaso en su intento de salvar a una alma inocente tratando de hacerle comprender que debía dejar de ser una estúpida creyente de los fieles amores perennes.
El portero, desolado, arrastró su escoba hasta el rellano llevándose por delante, en su inconsciente barrido, la última oportunidad que ella tenía para no caer en el olvido.
Tres días después, con el testigo ya exonerado y reconocido como justo su acto de homicidio involuntario -lo comprendían eso, a veces, pasa-, se le tomó el pulso a la víctima.
El forense dictaminó: muerte por retraso.