Te dejo en la encimera una lista
donde te enumero para que no las olvides
banalidades cotidianas, preocupaciones no solicitadas, explicaciones innecesarias.
No olvides:
que debes poner de vez en cuando la lavadora,
que trates de dormir por las noches -y si no puedes-
que apagues las luces cuando pase el de la basura.
Que le des comida una vez al día al canario,
que comas verdura de vez en cuando,
que no te hace bien tanto tabaco.
Que sabes que te quiero
que es por salud no por enfado
porque ahora ya solo somos dos sordos con dispares discursos que se hacen daño.
Somos una educada hipoteca, un lamento de lo que ha pasado, un no te quiero querer como me quieres.
Ya me marcho,
llevo poco equipaje,
espero no haber olvidado nada que necesite
ni nada que me sobre y pueda echar en falta
He tenido cuidado en la elección
no quiero que en noches de invierno me maldigas
porque me llevé, sin preguntarte, esas risas de verano en el casino cuando ganaste.
He cogido unas fotos donde salen algunos amigos
son pocas, la cámara no tenía mucho carrete ese día cuando aun había algo que valía la pena.
Me llevo unas sabanas limpias, las más usadas.
Unos libros con pasajes marcados.
Las quinientas cartas que me escribiste.
Una noche de baile en Barna.
Una tarde sobre el Arno.
Una mañana en Egipto.
Una convalecencia en Paris.
La canción de la cucaracha.
Un vestido de novia pasado de moda,
y los te amo que me regalaste, tan solo esos que lucen orgullosos la exclusividad devota de un amante sincero, cuando aun no eran tan comunes como un ticket de metro.
No quiero que me eches ni de menos ni de más
que revuelvas cenizas en busca de tu costilla de Adán
que me proclames única cuando yo ya no esté en tus noches de vino y rosas,
cuando beses otros labios ardientes que tan solo quieren comerte la boca.
No quiero olvidarte en el camino
no quiero llorar tu lejanía
no quiero añorar tu pasado
no quiero elucubrar tu presente
-este es ya transparente-.
Ando insegura hacia delante
con la frente muy alta
la espalda cansada
y la sabiduría del que entiende
que retuvo por un instante entre sus manos
la piedra filosofal que es amarte