Photo by Sally Mann

martes, 4 de septiembre de 2012

El violinista


Marcus se quitó los zapatos y los calcetines y reposó con éxtasis sus pies sobre la mullida alfombra que crecía bajo sus pies mientras aflojaba con frenesí la corbata que ahogaba su cuello. Durante su media hora de descanso a Marcus le gustaba salir de la oficina y sentarse en un banco del parque que estaba situado frente al enorme edificio donde trabajaba. Roía con distraída calma un bocata mientras observaba a los chavales corretear tras un balón, a las niñas saltando a la comba y ha las parejas que conversaban y paseaban con lenta placidez entretanto un can entusiasmado, por la perspectiva de tantos arboles que husmear y palomas a las que perseguir, batía alegremente su cola. Y ante ese escenario, Marcus, durante treinta minutos olvidaba sus largas horas desempeñando un trabajo autócrata para una empresa terriblemente ambiciosa. Apoyó su agarrotada espalda en el respaldo del banco y entonces fue consciente de que no era el único ocupante. A su lado, a unos escasos palmos de él estaba sentado un hombre. Marcus acostumbrado, a causa de su trabajo, a confeccionar certeros perfiles sobre la gente se sintió frustrado cuando pasados unos minutos no era capaz, ni tan siquiera, de hacer algo tan simple como dar una aproximación de la edad que podía tener su desconocido compañero de banco. Su rostro infantil de una piel totalmente uniforme y lisa lucía su victoria contra las arrugas y el tiempo en tanto sus ojos reflejaban una senectud sempiterna y su cuerpo siendo el de un adolescente endeble y poco desarrollado se revelaba, en sus posturas y ademanes, como el de un anciano achacoso y decrépito. Todas estas contradicciones hacían imposible discernir o concretar algo sobre ese hombrecillo extraño.
El hombrecillo sonreía dulcemente mientras, como Marcus, observaba con deleite el desarrollo de la vida en el proscenio de ese parque. Movía, con un vaivén acompasado, su mano derecha cuyos dedos simulaban sostener algún tipo de objeto. De repente detuvo su mano y la dejó reposar sobre su muslo, y como si acabara de despertar de un extraordinario sueño fijó su mirada en Marcus.
-Buenas tardes caballero ¿No le parece maravillosa toda esa sinfonía de colores, formas y movimientos?
-Si, es bonito. Supongo. A mi me sirve para desconectar del trabajo. Este parque y mi trabajo son mundos contrapuestos compartiendo el mismo espacio.
-Ya veo. Ha usted tan solo le sirve para evadirse. En cambio para mí es el edén por donde corretea mi musa. La que me inspira para crear.
-¿Crear? ¿Que es usted? Si me permite la indiscreción de preguntárselo.
-Yo soy músico. Compongo e interpreto mis propias obras. ¿Y usted que es?
-Yo soy bróker en Mammón & Asociados. Poseo una amplia cartera de exigentes clientes ¿Y en que orquesta está usted empleado? ¿Alguna de prestigio?
-No no caballero. Lamento la confusión yo no trabajo de músico: yo soy músico. Yo siempre he sido músico. Al igual que el ave vuela porque tiene alas y estas le impulsan, yo compongo e interpreto mi obra porque soy músico.
Marcus empezó a sospechar que aquel hombrecillo tan particular no estaba en su sano juicio. Pero como aun le quedaban diez minutos de descanso decidió espolear su vesania. Le parecía una manera extravagantemente divertida de ocupar ese tiempo que le sobraba.
-Entiendo... ¿Y que instrumento toca?
-Toco el violín ¿No se ha fijado usted?  Justo antes de iniciar nuestra conversación estaba interpretando mi última obra con él. Es verdaderamente hermoso. De suave y cálida madera. Y su sonido es exquisitamente delicado. ¿De verdad no lo ha oído usted?
-He visto que movía la mano mientras simulaba agarrar algo, pero disculpe mi franqueza si le digo que ni he visto ni oído ningún violín.
-¡Oh! vaya, lamento su incapacidad, caballero. Debe ser terrible vivir sin poder aceptar la existencia de algo más allá de su realidad física. No quiero ni imaginar cuan terrible sería mi vida si algo así me ocurriera.
-¿En serio me está usted diciendo que, mientras usted toca un violín imaginario e interpreta una música inexistente, el que está enfermo y tiene un problema soy yo?
-Sí. Y no quisiera parecerle pretencioso, pero yo podría ayudarle. Veo en usted esa capacidad para percibir la belleza más allá de lo que le cuentan sus ojos, pero usted no sabe como liberarla. Deje que toque para usted. Déjeme intentar ayudarle.
-Estoy deseando que lo haga. ¡Cúreme!-Espetó sarcástico Marcus y se arrellanó en el banco con actitud burlona como el devoto que espera el bautizo.
Ignorando su comportamiento burlesco y grosero, el hombrecillo irguió su espalda y fijó su mirada en el parque.
-Bien busquemos a mi musa. ¡Ah! Ahí está junto a esa pareja mayor. Ahora fíjese bien en esa pareja. En como ese hombre de hombros cansados acaricia tiernamente la mano de su mujer, como ella le devuelve con delicadeza ese mimo mirándole como cuando tenían quince años y correteaban entre besos y risas bajo los arboles de este mismo parque. Cierre los ojos, véalos amarse, sienta su complicidad, comparta su ternura, únase a su simpleza de amarse sin premisas y no deje que su mente perturbe esa imagen con otras que nada tengan que ver con ellos dos.
Marcus, escéptico y despreciativo cerró los ojos como le había pedido. Y como descreído obediente se esforzó e imaginó las estampas que él describía. Poco a poco desterró cualquier imagen que no fuese esa simple historia de amor que él había planteado. Y entonces, cuando su mente ya no podía ver mas allá de ese bellísimo pensamiento, oyó el sonido de unas tímidas notas reveladas por un violín. La música fue in crescendo. Recorrió su nuca, acarició sus mejillas, se enredó en su pelo y jugueteó con los dedos desnudos de sus pies. Marcus, atemorizado, abrió lentamente los ojos. El impacto que recibió al contemplar un sencillo pero hermoso violín entre las manos de ese hombrecillo le cortó el aliento. La música lo envolvía todo. A su alrededor todo se movía al compás de esas notas. Los arboles eran más majestuosos, la hierba más mullida, el aire más limpio y fragante y la gente era asombrosamente hermosa.
Y tal y como había empezado terminó. Lentamente el violín convirtió en susurro su voz hasta apagarse dejando un rastro de indeleble belleza tras de si.
Marcus estaba atónito, asombrado, estupefacto y aturdido. El hombrecillo volvía a reposar sus manos sobre sus muslos. El violín había desaparecido. Le miró con afecto.
-¿Puedo ahora preguntarle de nuevo: que es usted?
Marcus lloró, balanceó en negación su cabeza y respondió:
-No sé que soy. Pero si sé que no soy bróker.
-Bien. Eso está bien. Ya tan sólo queda la simple labor de averiguar quién es usted, porque ahora, ya es libre para ser lo que siempre ha sido pero jamás ha sido capaz de ser.


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