Cuando el único antídoto a tu dolor es la desnuda verdad, reparas en que no existen boticarios que dispensen franqueza.
Tan solo puedes acudir al hombre del puerto.
Traficante de certezas, expenderá la justa receta admonitoria para tus penas.
De formas depuradas y estudiadas. Mano mesadora de patillas y bigotes. Anda con su sombra y su ego.
Lo encuentras al final del muelle, entre norais y sogas.
Te sientas a su lado y te cuelgan los pies a dos palmos de la primera amayuela.
Te estudia, te observa, paladea tus sinsabores.
Trémula voz, de timbre inaudible, exhala tu boca.
La salitre pegada a su oreja atiende tu súplica.
Despliega sus manos, enerva su espalda, chirría el acero de su lengua y entonces...
...como maestro de esgrima dobla en cuarta sobre tu alma y llega a fondo.
Tira a tercia ladeando la cabeza mientras te observa, y dirige la punta hacia un desprotegido quebranto. Cuando crees controlar el envite, él con airosa desenvoltura limpia su florete.
Con el depurado estilo del que conoce el secreto y las debilidades del querer,
encadena con absoluta precisión, con matemática certeza, la más perfecta estocada.
Ensartando tus entrañas cercena de cuajo dudas, recelos y temores.
Y caes en silencio, ya nada respira.
Los bramidos de tu amargura han sido acallados.
El sosiego arropa tu alma fracturada.
-Dedicado con cariño a todas esas personas a las que muchas veces obviamos y resplandecen cuando todo nos abandona. Sin paños calientes nos dan la mano para que levantemos el trasero y sigamos andando.
A todas ellas gracias-
Tan solo puedes acudir al hombre del puerto.
Traficante de certezas, expenderá la justa receta admonitoria para tus penas.
De formas depuradas y estudiadas. Mano mesadora de patillas y bigotes. Anda con su sombra y su ego.
Luce alma de chulapo de barrio: noble, soberbio, canalla...todo un caballero.
Mira de soslayo, sonríe torcido.
Lo encuentras al final del muelle, entre norais y sogas.
Te sientas a su lado y te cuelgan los pies a dos palmos de la primera amayuela.
Te estudia, te observa, paladea tus sinsabores.
Trémula voz, de timbre inaudible, exhala tu boca.
La salitre pegada a su oreja atiende tu súplica.
Despliega sus manos, enerva su espalda, chirría el acero de su lengua y entonces...
...como maestro de esgrima dobla en cuarta sobre tu alma y llega a fondo.
Tira a tercia ladeando la cabeza mientras te observa, y dirige la punta hacia un desprotegido quebranto. Cuando crees controlar el envite, él con airosa desenvoltura limpia su florete.
Con el depurado estilo del que conoce el secreto y las debilidades del querer,
encadena con absoluta precisión, con matemática certeza, la más perfecta estocada.
Ensartando tus entrañas cercena de cuajo dudas, recelos y temores.
Y caes en silencio, ya nada respira.
Los bramidos de tu amargura han sido acallados.
El sosiego arropa tu alma fracturada.
-Dedicado con cariño a todas esas personas a las que muchas veces obviamos y resplandecen cuando todo nos abandona. Sin paños calientes nos dan la mano para que levantemos el trasero y sigamos andando.
A todas ellas gracias-
