La apatía llamó dos veces.
La marea negra del ''Es inútil, todo sigue igual, nada cambia'' desembarcó en su orilla.
Y entonces dejó de escribir.
Y se disfrazó de ticketero de metro. Usó papel de plata para el bocata, y se compró ducados negro de paquete blando. Empezó a tomar carajillos antes y después de fichar. Se aficionó al fútbol, a las putas, a las motos, al porno, al boxeo, al cibersexo y al basket. Se peinó con brillantina, Varón Dandy era su aroma, pantalón sobaquero su estilo y Julio Ariza su héroe. Se rascaba el culo con una mano y con la otra meaba al ritmo de una tos de esputo mañanero. En casa se comía en silencio mientras Santo Piqueras aleccionaba feligreses. Se andaba de puntillas si en el sofá él dormitaba.
Se rasgaba la camisa por los valores familiares. Se cagaba en los gays, en los hippies, en los yupies, las feministas y los progresistas. Su máxima: la culpa es de los inmigrantes. Su credo: dos ostias a tiempo ahorran disgustos.
Empezó a llamar chocho, nena, cuqui, puta, guarra, eh tu!, a su mujer. Su madre era una santa, su hija era virgen y su hijo iría a la guerra por que sus santos cojones así lo dictaban.
Miraba de soslayo los culos de veinte mascullando que parecían zorras y por la noche se daba, con su recuerdo indeleble, un homenaje de nivea y kleenex.
Los vinilos desaparecieron sepultados por el desuso, los poemas murieron apaleados por la indiferencia.
Las conversaciones se oxidaron en el recuerdo de noches en vela entre porros, birras y risas.
Y entonces dejó de escribir...y algo cambió...dejó de amar, dejó de soñar, dejó de sonreír, dejó de llorar.
