'' A vos padre Aquilino, desde la cueva de los desheredados, imploro vuestro perdón.''
Os humillé y avergoncé por saciar mi depravación. Erais padre de una pequeña villa. Hombre justo, generoso, cariñoso. Cuidabais de vuestro rebaño con celo. Consolabais sus almas. Perdonabais sus pecados. Alimentabais al pobre y pedíais sin rubor al pudiente. Defendíais a los desharrapados con una mano mientras la otra aleccionabais al creso.
Recuerdo el día que nos conocimos. Estoy seguro que usted jamás lo ha olvidado.
Esa noche las nubes oscurecieron la luna y derramaron su caldo helado sobre mi escuchimizada estampa. Calado hasta los huesos busqué refugio en la casa de Dios. A empujones conseguí abrir la pequeña puerta situada en un lateral de vuestra humilde iglesia. Me descubrí en una oscuridad de cirios titinieantes, acurrucado en el espacio entre la capilla de San Francisco y un dominó de confesionarios. Cuando el silencio me confirmó mi soledad, envalentoné mi pecho al frente y avancé hasta el altar. Estaba admirando la talla de Jesucristo, cuando un rumor me alertó de presencia humana. De puntillas, como ratón en despensa ajena, espié espacios. Vos os encontrabais en vuestras dependencias privadas, y la seguridad de intimidad que proporciona el hogar, hizo que dejarais abierta la puerta la medida de un pulgar. La refaja, las medias, el sostén y los zapatos de medio tacón, engalanaban y ridiculizaban a un tiempo vuestra venerable figura. La expresión de vuestro rostro al descubrirme descubriéndoos fue de conmoción y vergüenza. He tenido que soportar ese espejo en cuatro ocasiones más.
Bajo amenaza de difamación y escarnio público os avinisteis a mi chantaje. Mi silencio seria justa retribución a cambio de fraternizar con las novicias del convento de la comarca. Me presentasteis a la madre superiora como lacayo para proporcionar a las hermanas ayuda en las tareas mas arduas del campo.
Fue paraíso para mis manos, mi vista y mi verga. Las observaba inclinarse ofreciéndome sus nalgas disfrazadas de negra franela. Rozaba sus pechos simulando un tropiezo con un pedrusco. Agarraba sus cinturas fingiendo ayuda y soporte. La familiaridad que otorga el tiempo, me llevó al exceso y en consecuencia a desenmascarar mis verdaderas intenciones. Una tarde de abril aproveché la verbena de insectos que se sucede tras la lluvia, para sumergir mis callosas manos bajo el hábito de una joven y dulce novicia, arguyendo que había visto como una araña subía por su pierna. Llegué a rozar su esponjoso vello. Aún hoy recuerdo el aroma a piélago que dejó en mis dedos.
Vos buscasteis justificación para mi innoble comportamiento. La madre superiora no quiso escucharos. Vos decidisteis recordar porque vestíais el habito. Yo decidí llevar a cabo mi amenaza. El pueblo decidió repudiaros. Vos aceptasteis vuestra pena con pesar. Yo olvidé vuestro infortunio tras un trago de vino rancio y un giro en la esquina. Supe por las malas lenguas que disteis con vuestros huesos en una abadía, donde desempeñais labores de lacayo. Allí he dirigido mi súplica.
