Photo by Sally Mann

martes, 6 de marzo de 2012

Entre cartones

Fue princesa en Tukbuntú pero lo dejó por que los súbditos se negaban a recitar poesía las mañanas en las que llovía. Inventó la lepra y después se arrepintió y creo el antídoto que vendió por un módico precio al judío de las joyas. Lideró la revolución francesa, pero su humildad y timidez fueron los causantes de que  su nombre no salga en los libros de historia y los niños no sepan quien decapitó en realidad a Luis. En Alabama una noche de estrellas conoció a unos muchachos a los que dedicó una dulce canción sobre ese sureño estado... ayer la oyó de nuevo por la radio en comisaria y se alegró de que alguien la siguiera cantando.

Hoy me habla de monstruos y luchas, hoy no canturrea alegres coplas entre relato y relato.

-Una vez, tuve que luchar con un dragón, era un monstruo negro y voraz, era cruel y letal. Perdí la batalla, devoró todo lo que poseía y me robo a mi pequeña niña.

La cordura de improviso la arrastra a un pasado de desgarradora realidad, la locura abondona su mirada, sus ojos tristes y hundidos huyen y se esconden tras el velo de la que fue su vida. 
Rebusca en su carro del Pryca con cautela, su desordenado orden no debe desequilibrarse o el mundo se hundiría y ella nada podría hacer para evitarlo. Sus ennegrecidas y agrietadas uñas aprisionan con delicadeza un pequeño y gastado marco de fotos, una diminuta cara sonriente nos observa desde el blanco y negro:
-¿Sabes?, yo un día tuve una hija, y por las noches la abrazaba entre edredones de plumas y le contaba mis aventuras, como a ti te las cuento ahora entre cubos y cartones. Y mi pequeña niña me miraba con asombro, y me besaba con ternura las mejillas, y llenó las paredes con fantásticos dibujos sobre mis relatos.
Mi pequeña niña me dejó... mi pequeña niña me miró por última vez con asombro entre tubos, agujas y paredes blancas.


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