Madre sufría mucho por mí, se inquietaba cada vez que salía a la calle, la aterraba que una de esas bombas me diera alcance y acabara con su único hijo.
Una mañana de julio tía Paquita vino a ver a madre con la solución en forma de recorte arrugado, se preparaban convoys de exilio par los niños españoles, serian enviados como refugiados a países que yo solo conocía por las lecciones del maestro. En Europa, mas allá de nuestra piel de toro, los ánimos andaban alterados, flotaba en todo el continente una espesa bruma de ira y guerra, pero aun así había personas que se apiadaban de las inocentes almas de niños victimas de una contienda que jamás entenderían.
Durante los tres días siguientes todo fue revuelo en casa, madre corría de acá para allá preparando mi maleta, arañando huevos y manteca en el mercado negro, negociando el realquiler de nuestro pequeño hogar, ella también partía, al frente, en busca de padre, me prometió que lo encontraría y que juntos vendrían a buscarme a un país lejano llamado Bélgica.
En el andén nos abrazamos entre llantos, yo seguía suplicándole que me llevara con ella a buscar a padre, que no me obligara a marchar, que el miedo a no volver a verla comprimía mi corazón. Madre con el dolor pintado en sus ojos besó mi cara, secó mis lágrimas, me entregó un pequeño sobre y me susurró:
-Zacarias, hijo, en este sobre te pongo algo de dinero que he conseguido por el realquiler del piso, en la maleta llevas tres mudas, un par de huevos duros, pan de hace unos días y manteca para que lo ablandes. Comparte con algún niño si ves que pasa hambre, pero el dinero no lo muestres, dáselo a tus nuevos padres cuando te acojan.
Zacarias, hijo, no desesperes, encontraré a tu padre aunque sea ya un cadáver, y no pienso abandonar esta tierra sin antes volver a tenerte entre mis brazos. Debes ser fuerte hijo, y respetuoso, y hacer todo lo que te manden. Da un beso a tu madre y sube al tren, que ya rueda por las vías y no quiero que te deje en este lugar donde la muerte habita en cada esquina.
El traqueteo y los nervios removieron mi estomago, no era capaz de comer, las lágrimas se agolpaban en mis ojos, las caras que me cercaban eran fantasmas asustados que lloriqueaban y llamaban a sus madres. Durante la noche nos abrazábamos los unos a los otros para combatir el frío que atenazaba nuestro miedos.
Ahora siendo un viejo que manosea fotos sepia, sé que madre murió al día siguiente, una bomba alcanzó el mercado, ella se estaba despidiendo de tía Paquita. Mientra yo cruzaba París y hacia cábalas de cuanto tiempo pasaría hasta poder ver a madre de nuevo, ellas dos perecían entre tomates podridos y colas de mendicantes.
.
.
