Ishmael dormía agarrado a mí con una mano, la otra la tenia ocupada en meter su pequeño pulgar en su boca y succionarlo rítmicamente durante la primera hora de la noche. Hacia una semana que se había instalado con nosotros, una semana desde el momento en que yo mirara aturdido a pape Nathaniel sin entender muy bien su pregunta, ni aceptar de inmediato que aquella sombra de mujer no fuera madre.
Esa noche Ishmael dormía por primera vez sin pesadillas desde su llegada. Tumbado de lado con mi nariz hundida en su coronilla recordé como, mientras mantenía fijada la mirada en las pupilas de pape Nathaniel, él se deslizó del regazo de su madre y con pasos tambaleantes se situó a mi lado, como sus diminutos dedos se agarraron con firmeza a mi mano, como sus ojos se clavaron en mi alma cuando le miré, como de pronto supe lo que ocurría, como entendí que jamás dejaría que ese diminuta y escuálida figura pasara miedo o se sintiera sola. Supe en ese instante que tenía que protegerle, supe que tenía un hermano.
-Si pape Nathaniel. Si. Quiero tener un hermanito. Quiero que él sea mi hermanito.
Ishmael contaba dos años y medio, hablaba alemán y entendía algo de francés, el mío había progresado a pasos agigantados en tan solo tres semanas. En cualquier caso el idioma no hubiera sido un problema entre nosotros, nos sentimos intensamente unidos, sin necesidad de palabras, desde el mismo instante en que nuestras manos se amarraron.
Ishmael era judío, su madre ante la implacable persecución y aniquilación de su pueblo, por parte de las feroces hordas de un loco que en su delirio estaba dispuesto a conquistar pueblos y aniquilar a cualquier ser humano que no se ajustara a su visión del hombre perfecto, había decidido poner a salvo al único hijo que le quedaba. Había cruzado furtivamente la frontera con el niño a cuestas, habían dormido agazapados entre la maleza y habían caminado infinitas horas campo a través evitando carreteras. Al fin, cuatro días después de haber partido de esa Alemania que había sido su hogar, esa Alemania que les había visto nacer y que ahora les odiaba y aniquilaba, pudieron sentarse en el banco de madera que siempre aguardaba, al cansado y al visitante, en la fachada de la casa de pape y maman Lambretchs. La madre de Ishmael lo dejó agarrado firmemente a mi mano, lo abrazó y le susurro palabras amorosas, y arrastrando el tupido velo de un adiós para siempre, se alejó cansada de tener que abandonar, harta de tener miedo, fatigada de perder hijos, hermanos, padres y amigos, se alejó con esa pesada carga por el caminito de piedras de vuelta a la tierra que la queria exterminar. Volvía junto a su marido, junto a los pocos desgraciados que se negaban o no podían huir. Ishmael no derramó ni una sola lágrima, tan solo extendió su mano hacia ella y susurro:
-mami...
Ishmael no acudía a la escuela, y esas horas que pasábamos separados se hacían eternas. Siempre estaba pegado a mí, corríamos por el jardín dando caza a pequeños insectos, ayudábamos a maman Emma a preparar la mantequilla, incordiábamos a pape Nathaniel haciéndole mil preguntas absurdas cuando se sentaba en silencio con un gran libro entre sus manos en busca de una lectura tranquila, o simplemente nos sentábamos juntos bajo el árbol que lindaba con el camino vecinal, compartiendo una gran rebanada de queso fresco, mientras yo le hablaba de madre, de padre, de mi pueblo, de su mar y sus acantilados, de cómo ansiaba que me vinieran a buscar y como temía que eso significara tener que separarme de él.
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