Photo by Sally Mann

lunes, 20 de febrero de 2012

Zingaros


Aun existen mundos donde se crea magia.
Al clan Heredia
 


Ayer, el pasado llamó a mi puerta, y mis ojos lo miraron como miran los ojos de un conejo los faros de un coche en mitad de la noche.
Ayer a las seis de la tarde Braulio el  oso pardo llamó a mi puerta.
Llevaba su característico aro en la nariz, y un bolso de estridentes colores. Le rogué que pasara y le invité a café y pastas. Sentado en el sofá observaba mi piso, asombrado se deleitaba en los detalles mientras jugueteaba con las pulgas que correteaban por su redonda panza. Le serví el café y le ofrecí un pitillo, me dijo que no, que había dejado de fumar, quería empezar a cuidarse. Tras elogiar mi aspecto y mi piso encaminó la conversación hacia esos tiempos en los que trabajamos juntos.
Fueron buenos tiempos. Con las caravanas quemando asfalto llegábamos a una ciudad y en un árido descampado del extrarradio fijábamos nuestro asentamiento. Gritos, martilleos, canciones, palmeos y silbidos, anunciaban de nuestra presencia a una ciudad aletargada en el aburrimiento gris de lo cotidiano. Una semana antes, Josele se adelantaba a nuestra llegada y recorría las calles del centro con su Ford Escort empapelando muros y fachadas con carteles donde unas grandes letras amarillas sobre fondo azul gritaban el nombre de nuestra feria, bajo él, imágenes de la noria, tiovivos, casetas de tiro y demás atracciones hacían coro a la figura central: El pasaje del Terror.
Don Antonio Heredia Heredia, amo y patriarca del clan que conformaba la mayor parte de la trouppe de la feria, encontró en su nuevo y flamante espectáculo una fuente de dinero que proporcionaba a la feria el 40 por ciento de los beneficios totales. Un pasaje del terror donde los monstruos modernos habían relegado al baúl de los recuerdos a entrañables personajes de la historia. Freddy Kruguer, Jason Voorhees, Annibal Leccter, Zombies post-modernos y una, algo entrada en años, Reagan habían destronado a Drácula, Frankenstein, la Bruja Pirula, el Fantasma del desván y al falso esqueleto que saltaba de repente con un chirrido haciendo bailar sus huesos de plástico.
Braulio, con su oratoria pausada y melosa recorría recuerdos de momentos inolvidables, anécdotas y sucesos que hicieron que regresara hasta ese día en el que acepté el trabajo en la feria.
Esa primavera que corría a caballo entre trabajo y trabajo, sin encontrar nada estable, se me presentó la oportunidad de subirme a la feria no como fascinada visitante si no como orgullosa residente. Me ofrecieron interpretar, en el pasaje del terror, el papel de Reagan, la maravillosa y brutal niña del exorcista. Acepté de inmediato, me encantaba la idea de un trabajo donde la locura, la magia, lo estrambótico y un atuendo de eterno carnaval sustituían al ordenador, el traje chaqueta y el impertinente teléfono. Cada noche, me maquillaba con deleite, dotando de un aspecto aterrador mi cara con pustulas y cicatrices; encrespaba mi melena con lacas enmarañando hasta la última hebra, me enfundaba un fino y blanco camisón y saltaba con una sonrisa sobre la cama mecanizada que seria mi partenaire durante ocho horas. Disponía de un botón en el cabecero que cuando era pulsado activaba el mecanismo del motor que hacia saltar con un ruido atronador el somier de la cama. Entre botes e insultos amedrentaba e intimidaba al descompuesto grupo de visitantes que a los pocos segundos de haber entrado se apiñaban en el rincón más alejado de la cama mientras me miraban estupefactos. Para escapar de mi no tenían otra alternativa...seguir la marcha hacia la puerta opuesta por la que habían entrado, y esta se encontraba a escasos centímetros de mi cabecera.
Con el tiempo, empecé a bajar de la cama y acercarme al público, lanzando maldiciones y obscenidades  conseguía que realmente creyeran que estaba poseída por Satán. Ante mi cercana presencia el grupo solía dividirse en pequeñas facciones, los mas cobardes corrían hacia la salida al encuentro de Freddy.
Otros dudaban entre ayudar a los desfallecidos que en posición fetal se negaban a avanzar, volver por donde habían venido o seguir a las ratas que habían abandonado el barco al primer susto.
Dos veces quedaron arrodillados y con la cabeza entre las manos fornidos muchachos que entre sollozos balbuceaban ridículas suplicas, ambas veces tuve que abandonar mi personaje por unos minutos y calmarlos mientras, cogiéndoles la mano temblorosa, les acompañaba amablemente a la salida rogándoles que en el futuro se limitaran al algodón de azúcar y los tiovivos.
Braulio se reia con voz cavernosa recordando esos momentos, entonces se produjo un silencio entre los dos, estabamos ensimismados saboreando los meses que habíamos compartido, meses en los que el trabajo quedaba empañado por la diversión. Volví al momento placido de las tradicionales reuniones del clan a la hora de la cena. Cuando la feria cerraba pasada medianoche y el último visitante abandonaba, arrastrando los pies, un mundo fantástico de mil bombillas de colores, coches de choque, vomitonas en el barco vikingo, perritos piloto, palomitas, manzanas caramelizadas y una banda sonora de Panchos, Chichos y Chiquetetes, nosotros, los feriantes nos reuniamos en la tasca de la feria, donde Manuel había reservado los mejores chorizos, jamones y vinos para recompensarnos con una cena digna de Baco. Las risas y la camaderia ponian punto y final a una jornada más. En parejas o en solitario uno a uno nos retirabamos a nuestra caravana para dormirnos entre los ecos de las risas de los niños que aun resonaban por todos los rincones del asentamiento, rebeldes visitantes que se negaban a marcharse aun cuando la última bombilla se apagaba y la feria callaba.
Braulio me dijo que me había traído un regalo, abrió su bolso de diseño y con delicadeza rebuscó en su interior. Sacó una foto y me la alargó, en ella noventa caras sonrientes me miraban desde el pasado. Ahí estábamos todos, ahí reconocí a la que fue mi familia durante cuatro meses.
El reloj, impertinente medidor de tiempos, obligó a Braulio a despedirse de mí, Josele le esperaba en la plaza del barrio, aun conducía el Ford Escort, aun empapelaba muros con promesas de diversión y fantasía.
Braulio, me abrazó, sepultada por sus enormes brazos y con mi cara hundida en su suave pelaje prometí ir esa misma noche a verles, prometí enfundarme una última vez el disfraz de Reagan, prometí cenar con ellos, prometí no volver a olvidar la magia de los feriantes, prometí hablar a mis nietos del clan Heredia, prometí volver a  reír a medianoche...