A mi padre, último reducto donde se anclaron mis verdades
las palomas fueron gárgolas
la abuela corrió desnuda precipitando lágrimas al infierno
el santo varón con vitola desgarró analmente la biblia
la ciudad palpitó un suspiro y se arrodilló vencida.
Moriste solo,
sopa de asfalto
tu lecho al mediodía.
Retorica de interrogantes
para la misma respuesta.
Realidades fantasmales
inquilinos que desde entonces habitaron
en tus camisas,
en tus pantalones,
bajo la que fue tu cama.
Santa comparsa de velas titineantes,
peregrinación de sayos negros
que acompañaron en silencio tu cuerpo
a la pira alimentada con leña del desierto.
Envolví tu cuerpo con las pieles que me arrancaba
cubrí con las piedras de mi riñón tus despojos
cincelé con mis costillas tu nombre
al compás de mis lamentos.
Compré brasas para tu frío,
pijamas para tu sueño,
un cerrojo para tu nicho.
Vendí mi alma al proxeneta
mercader de cariños perdidos.
Escalé el monte Olimpo
y escupí venganza sobre Hades.
Tu reposas siendo ya huesos
en piedra marmórea,
yo soy tu huérfana
mendiga sin techo
me refugio en la sombra que dejaste
y vuelvo a ser feto.
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