Per l'Helena
El sol de media tarde de verano observa atento la preparación lenta y mecánica de los pocos enseres que se amontonan a mis pies: gafas de silicona transparente, aletas de pala corta negras, tubo de caño corto y boca pequeña y una bolsa de red con cordón de nailon. Es justo en ese intervalo del día, cuando el sol empieza su rojo descenso y las aguas tibias se calman tras un mediodía de Embat, cuando el universo marino cobra vida, y entre las miles de especies que habitan bajo nuestro mar, una en especial me ha a traído esta tarde a orillas del Mediterráneo. Un cefalópodo de tres corazones y ocho brazos.
El pulpo se prepara para a salir de caza, yo también.
Como si de un experto crupier se tratara, aparta y recoloca todas la piedras y conchas que reunió para protegerse, la noche anterior, de morenas y congrios. Asoma dos tentáculos y un par de acuosos ojos para cerciorase de la seguridad de su entorno, y entonces repta sobre piedras y algas en busca de una presa. Suele atraer a sus víctimas moviendo rápidamente la punta de un brazo como si fuera un gusano. Crustáceos y moluscos bivalvos, hambrientos tras una jornada en ayunas suelen caer en el engaño, y si la suerte les alerta de la trampa, el pulpo se propulsa, y con velocidad torpedera se precipita sobre el animal clavando su potente pico córneo resquebrajando conchas y envolturas.
Camino hacia la orilla hasta que el agua cubre mis rodillas, las gafas reposan rodeando mi cuello. Mientras me coloco las aletas observo con deleite ese espejo cristalino que se mece lamiendo mi ya recalentada piel tras todo un día bajo el sol abrasador de un inclemente agosto. Al mar no le importa si llevo bañador o bikini, si voy a la moda, si he ido cuatro veces por semana al gimnasio para lucir tableta y fibra. Al mar no le importa si llevo maquillaje, si tengo las puntas abiertas, si la gravedad empieza ha ser evidente en ciertas partes de mi cuerpo. El mar no entiende de estúpidas manías superfluas, el mar en su indolencia me entrega libertad de compostura. Escupo y enjuago un par de veces el interior del cristal de las gafas para que no se empañen durante la pesca, sumerjo el resto del cuerpo y aliso perfectamente hacia atrás mi pelo, si algún mechón quedara apresado entre mi piel y las gafas se iniciaría un incesante goteo interior que me obligaría a parar para conseguir su correcta colocación.
Suavemente me deslizo sobre la superficie, justo antes de que mi cara quede de espaldas al cielo y la siempre abrumadora imagen de ese fondo ralentizado pintado de tonos azules, verdes y grises me corte el aliento de puro placer, una última bocanada de aire me llega de la Sierra de Tramontana e inunda mis fosas nasales con el aroma del pino y la ginesta en flor.
El silencio bajo el mar es una sinfonía de sonidos únicos, mi acompasada respiración, el casi inaudible chapoteo de las aletas y el rumor engolado de las olas empujando la costa.
Localizo a mi primera presa atrincherado bajo una repisa que forma una roca solitaria en un desierto de arena. Aleteo suavemente, sin producir ningún ruido ni burbujas, el secreto está en mover los pies sin sacar las puntas de las aletas del agua. Me posiciono justo en su vertical, inclino el torso hacia adelante sumergiendo en silencio mi cuerpo. Empiezo a descender con la vista clavada en esa repisa, techo y resguardo de un pulpo de cien ventosas. Compenso la presión de los odios presionando mi nariz con el pulgar y el indice mientras intento expulsar aire por ella. Un par de metros más, vuelvo a compensar. Un metro más y me detengo. En suspensión, cabeza abajo, quieta, alerta. Mi corazón empieza a latir mas rápido, espero un poco más. Inmóvil, hasta formar parte del entorno sin alterarlo, los pulmones me arden pidiendo a gritos expulsar algo de aire, no se lo permito. Espero un poco más, hasta que asoma uno de sus brazos. Confiado saca medio cuerpo. Despacio alargo mi mano,intento desplazar la menor cantidad de agua, si no podría alertar al pulpo de mi presencia. Mis dedos casi rozan la roca, realizo un movimiento rápido y preciso, introduzco mi mano en su cobijo y le apreso con fuerza. Tiro de él, él se aferra desesperado a las paredes de su cueva. Sabiendo que se juega la vida me escupe una bocanada de tinta, esta perdido, los dos lo sabemos. Un tirón seco le arranca de cuajo las esperanzas. Enroscado a mi brazo, sus ventosas pintan señales de prohibido sobre mi piel. Aleteo con fuerza hacia la superficie. Un chorro de agua es expulsado por mis pulmones a través del tubo, inspiro con fuerza mientras doy la vuelta al la bolsa que forma su cabeza cegándolo.
La vacío arrancando sus órganos que irónicamente serán pasto de las presas que acechaba.
La vacío arrancando sus órganos que irónicamente serán pasto de las presas que acechaba.
Sus nervios siguen luchando, sigue enervado, voltea sus tentáculos.
Ciego, se rinde tanteando la brisa de una perfecta puesta de sol.
