Hemos perdido el sentido común por culpa del fatídico momento en el que, y solo se puede definir como diarrea mental, un cerebro inconsciente vomitó su mayor desbarre decidiendo que ante una separación de pareja el hombre no está capacitado y tan solo
la mujer es válida, que los hombres son malos y las mujeres buenas. En el
preciso instante en el que esa lamentable y totalmente errónea idea fomentó la
creencia de que la bondad era inherente a un género en concreto, en ese momento
perdimos el sentido común y a las mujeres se nos otorgó pleno derecho a dar rienda suelta
a nuestra sed de venganza con el consentimiento y la protección de
una sociedad que en su celo por proteger y ejercer justicia ampara muchas veces el egoismo del provecho própio por muy mezquino y cruel que este sea. Y gracias a la incoherencia humana conseguiremos que en el futuro esas
mentiras consigan hacer volar la sombra de la duda sobre la veracidad de las terribles historias de las
mujeres que sí están padeciendo un maltrato. Estamos fomentando la desconfianza
en una sociedad que ya está de vuelta de todo cuando jugamos como trileros
manejando y utilizando las leyes por motivos totalmente ilícitos y camuflamos bajo infames mentiras nuestro verdadero objetivo: satisfacer
y reparar un amor propio que en realidad no ha sido dañado mas allá de nuestro
punto de vista. Ante la separación no deseada muchas de nosotras no optamos por el sensato ejercicio de tratar de
aceptar el simple hecho de que ya no nos ama y en flemáticos ataques de rábia nos endiosamos en
nuestras virtudes y no aceptamos que no podamos ser correspondidas. Sin ningún
tipo de escrúpulo hemos usado el escudo que se nos dio para defendernos y
protegernos como arma y la hemos cargado con munición de rencor, desquite y
arrogancia velados tras la mentira de un maltrato no acaecido y hemos disparado
ese veneno sin ningún tipo de misericordia sobre aquella persona, por la que
un día incluso merecía la pena morir, deseando su mas absoluta destrucción. Y no
es ese nuestro peor crimen, nuestro delito más desdeñable son los daños
colaterales: nuestros hijos; que usamos como bandera de justificación en
nuestra reprobable e hipócrita lucha. Diseñamos un calendario restringiendo a
nuestros hijos la libertad de disfrutar de sus padres, los encerramos en un
régimen carcelario donde imperan las visitas vigiladas, los encuentros
cronometrados y la desesperante hora de vuelta a la penitencia de tachar, como
cualquier preso en el calendario, los días y las horas que faltan para poder
disfrutar de un padre al que adoran y al que nosotras, hasta el inicio de
esta estúpida guerra, considerábamos el mejor. Y les obligamos a contemplar
como ante un desaire o una negativa esos padres son esposados y mandados sin
pase pernocta a compartir camastro con verdaderos criminales, y les imponemos órdenes
de alejamiento como si de vulgares psicópatas se trataran. Eso, señoras, eso es lo
que les estamos poniendo en la mesa para comer cada día a nuestros hijos: odio
y venganza, valientes educadoras de mierda estamos hechas.
Y nos pasamos por el
arco del triunfo las consecuencias futuras que este censurable comportamiento puedan tener sobre nuestros hijos, porque la ley nos ampara,
porque ante la duda la ley no duda en creer a la mujer, porque la ley no va a
correr el riesgo de aceptar que es pantomima y mentira vengativa tentando a la
suerte de que no sea así y esa buena mujer pueda aparecer degollada a la
madrugada sobre su cama. Y nosotras sabemos eso, y sabiendo eso actuamos con la
impunidad que otorga la inmunidad del por ''si acaso'' a la que se ve sometida
la ley, y afilamos nuestros dientes y desgarramos vidas inocentes que jamás
quisieron, comprendieron ni compartieron nuestra sed de vendetta.
Sí, es cierto, no existe castigo ni pena inventada para resarcir un
maltrato, un abuso, una violación, una paliza al débil, un acoso al indefenso.
No existe por qué simplemente nada cerrará las heridas del alma, nada
cicatrizará la memoria...nada, nada, nada. Y en esa nada, donde todo es
desconsuelo y pérdida, se convierte en ironía perversa que utilicemos la
verdadera barbarie como comodín para resarcir un orgullo maltrecho demostrando fehacientemente
que lo único que iguala por completo a todos los géneros, razas y estratos
sociales son: el odio, la venganza y el orgullo; ese maldito y corrosivo
orgullo que espolea todas las mezquindades humanas. En esa gran nada donde la
decencia, el sentido común y la coherencia se ahogan de tanto engullir mierda
y miseria, en esa gran nada las mujeres nos podemos colgar el San Benito de la
victoria, podemos lucir orgullosas la vergüenza de haber conseguido ya no la
igualdad si no incluso la superioridad sobre el hombre.
Definitivamente la estupidez humana no tiene límites y nosotras,
las siempre reivindicativas mujeres, lo hemos demostrado triunfado en nuestro mayor fracaso.
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| The good father-Sally Mann |