Photo by Sally Mann

viernes, 2 de diciembre de 2011

Conrado S. Willard - Soldado de 1a Diego Ruiz de Castañeda

''A vuestra mazmorra del desengaño, donde pisoteais los días que os quedan, dirijo mis ojos y mi ruego.''

¿Que se le puede robar al que nada tiene salvo pasión? ¿Que se le puede reclamar al que nadie conoce excepto su amada? ¿Que se le puede succionar al que tan solo transpira amor?
Se le puede robar esa pasión si es furtiva. Se le puede reclamar tributo si su amada ostenta joyas de un consorte legítimo. Se le puede succionar hasta el tuétano si con ello evita que la transpiración delate su falta.
Fuisteis el primer y el último soldado poeta que he conocido, mis andares por el mundo no me han dejado conocer a hombre mas versado que vos en el arte de las palabras rimadas. Este hecho me ha llevado a pensar que mi traición mando al cautiverio al último rapsoda.
Aciaga aquella noche en la que el diablo de la avaricia os rondó igual que vos galanteabas a una
vestal prohibida. Os sorprendí lanzando octavillas al vuelo. Dedos veloces garabateaban ansiosas palabras, dulces como el vino, tiernas como la mama de una doncella virgen.
Agazapado como una ominosa plaga os observé. Fui bendecido con la dádiva de descubrir las flaquezas humanas. Se revelan ante mi como brillantes faros en la bruma. Y vos poseíais una ciclópea: un amor furtivo de injusta persecución.
No fui misericorde ante vuestras súplicas. No estaba dispuesto a renunciar a obtener ganancia. De momento vuestra oferta era rancia. Hombre pobre, sin herencias, sin familia y con una exigua soldada que os dispensaba, en tiempos de bonanza, el ejercito. Pero poseíais el don de la palabra. Vos podías engatusar a vuestra dama para que yo pudiera entrar a trabajar como sirviente en la casa familiar, donde compartiría techo con hermosas fámulas, buenas viandas y un jergón junto al fuego.
Mi avaricia sin límites me llevó a conceder el mismo trato de favor a vuestra amada Simoneta que el que os dispensaba. Calculé en ella más posibilidades de lucro que en vos. Simoneta arrinconada entre vuestro amor y sus deberes de esposa se avino a la extorsión con pena y sumisión.
Los cuartos empezaron a llenar mis bolsillos. La codicia es una lacra difícil de saciar y yo no ponía impedimentos ni frenos en abrevarla.
La pena, enfermedad que todo lo consume, que reduce a la nada a caballeros, reyes y mendigos, destruyó la alegría  la entereza y la hermosura de aquella mujer.
Vos cegado por su amor, tronasteis como el fragor de mil cañones. Vi en vos la determinación de darme muerte. Esa certeza pintada en vuestro rostro aterrorizó mi entendimiento. Corrí, en busca de amparo, hacia el único hombre que garantizaría mi salvaguardia.
Mi lengua de doble corte susurro abyectas palabras a sus sangrantes oídos. Corrosivo relato de encuentros furtivos, carnes manoseadas con delirio, vehementes jadeos y humedades cálidas, enloquecieron la razón de aquel varon déspota y orgulloso. No cupo en el, ni tan solo, concederos el honor a avergonzaros. Os obligó a contemplar como golpeaba a Simoneta con la mano mas cruel y vengativa, la aplastante mano de la humillación. De rodillas, derrotado vuestro aliento escupía súplicas de clemencia. No se concedió clemencia al amor. Se os acusó de ser  siervos de la gran puta de Babilonia. Vos fuisteis arrastrado entre cadenas a la mazmorra mas oscura y solitaria. Simoneta se refugió en los brazos de una familia que, aunque avergonzada, siempre le brindaría la maternal y diligente indulgencia que tanto precisaba.
Yo fui correspondido en suerte con un sayo de lana nuevo, un atillo aprovisionado y la velada amenaza de que me alejara de la comarca, sin paradas en fondas ni tabernas donde el exceso de vino podía soltar en demasía mi pútrida lengua.
Esta y no otra es la que ha guiado mis pasos hasta la morada donde hoy habito y de la que solo saldré para recibir ajusticiamiento y sepultura.
Invoco al amor que una vez os inspiró Simoneta para implorar vuestra gracia.
La gracia de Don Diego Ruiz de Castañeda, el último soldado poeta.