Fue aquí...aquí fue donde con un susurro salmodiado convertiste el bosque en desierto.
¿Recuerdas?, con los ojos entrecerrados y abrazado a tus rodillas, musitaste la muerte mientras mi mirada contaba nubes y mi nariz aspiraba espliego.
Las nubes se tornaron tormenta.
Somos perros, perros rabiosos
caníbales de los sueños ajenos
carroñeros luchando por huesos sin tuétano,
somos jauría condenada a morir sin alma.
El espliego tembló, se marchitó al contacto con tus palabras
Nuestros hijos mueren nonatos
los vientres secos expulsan menudencias
sin llantos, sin gritos, sin vida.
Carne flácida que pudo ser mundo
Lloramos veneno de codicia,
gruñimos al hambriento de ternura,
apaleamos al indigente desahuciado de su vida,
indultamos al monstruo que roba nuestros orgullos
Merecemos esta condena.
Te abracé en una súplica, te rogué que callaras. Te negué a gritos. Fijaste tu mirada en la nada.
Las ciudades, cementerios adornados de falsa vida,
pudren en sus nichos iluminados con neón cuerpos alienados,
doblegados sobre rodillas descarnadas
por el continuo peregrinar a la Santa Sumisión.
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