1940, Hitler invade Bruselas el rey Leopoldo capitula ante el invasor. Maman y pape Lambrechts acuciados por las circunstancias y con la certeza de que ellos serían ejecutados y nosotros seriamos enviados a un campo de concentración, si nos descubrian, decidieron trasladarse al interior, a una granja alejada del mundo donde tan solo habitaban el cielo y la tierra.
Contemplo ahora con desasosiego, en la cercana lejanía de esos recuerdos, aquellos años donde a los humildes, a los inocentes, a los justos, nos obligaron a vestir la mirada del miedo. Se nos impuso el conocimiento inexorable de fragilidad. Incluso las almas mas solidas se resquebrajan y desmenuzan en pequeños y volátiles fragmentos de incerteza extraviada, cuando se ha contemplado la muerte caminar impunemente con descaro y soberbia entre nuestros semejantes.
Yo contemplé resquebrajarse el alma de pape Nathaniel cuando cogiendo en volandas a Ishmael y agarrando con fuerza mi mano, le dijo con voz trémula a maman Emma que debíamos huir o esa misma tarde podíamos engrosar con nuestros cadáveres alguna de las fosas comunes que ya se cavaban en la frontera. El pánico volvió a correr por mis huesos, habían pasado tres años desde la última vez que el miedo paralizó mis rodillas. Entonces, más que nunca, supe que nunca estaría a salvo, que siempre tendría que correr, huir, esconderme. Si pape Nathaniel tenia miedo, si habían conseguido que pape Nathaniel cambiara su flema y su compostura por el nerviosismo del ratón cazado, si habian conseguido asustar a aquel hombre, eso significaba que la guerra habia ganado y nosotros jamás encontraríamos la paz.
Estos echos provocaron que se iniciara la repatriación de los niños españoles, España no queria que sus compatriotas se vieran envueltos en un conflicto en el que no participaban. Muchos fueron reclamados, muchos volvieron a sus hogares, muchos abrazaron a unas familias melladas de miembros y esperanzas. Yo no, a mi nadie me reclamó. Pape Nathaniel me prometió que, cuando la tempestad se aplacara en Europa, él haría todo lo que estuviera en su mano para encontrar a padre y a madre. Me sentí culpable y avergonzado ante esa promesa, por un momento deseé que no les encontrara, no me quería separar de Ishmael.
Ishmael se había convertido en el hermano que nunca tuve, lo quería muchísimo, su dulce voz, su mirada cándida, su tacto cálido en la cama y su risita de ardilla eran mi mundo.
El destino no entiende de amores, ni de lazos de hermano. El destino, en su albedrío, quiso arrancar de mi lado a Ishmael un hermoso mes de septiembre de 1945.
Yo ya era un adolescente que suspiraba tras las faldas de las muchachas rubias. Ishmael, un precioso niño de nueve años, escuchaba atento mis correrías y me preguntaba cosas sobre las chicas, sobre los besos, sobre el amor.
Ese septiembre, mientras ayudábamos a maman Emma a tender las sabanas mojadas bajo ese cálido sol que anunciaba los cortos dias de otoño, se acercó por el lindero de la granja una moto a baja velocidad. Un motorista polvoriento se acercó cauteloso a pape Nathaniel que ya le había salido al encuentro. Los minutos se eternizaron en la conversación que mantenían a cierta distancia de nosotros.
En un momento determinado pape Nathaniel giró la cabeza y nos miró con profundo dolor, ante esa mirada a maman Emma le resbaló la sabana que sostenía entre sus dedos, se arrodilló y empezó a sollozar. Algo no iba bien, Ishamel se agarró a mi mano con fuerza, se agarró a mi tal y como había hecho por primera vez aquel lejano día en que llegó a casa de pape y maman Lambrechts para convertirse al instante en mi hermano.
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