Photo by Sally Mann

martes, 30 de octubre de 2012

La tristeza de Dora


Se le partió el cuello, siendo ella tan bonita, se le partió el cuello y su barbilla se quedó pegada a su escote atrapando un colgante en la oquedad que formó su cuello. Siendo ella ya una pobre muñeca triste viviendo en la tristeza del: ''nadie me quiere ay pobre de mí que triste vida la mía'', el destino siempre cruel con los más atormentados le quebró el pescuezo condenándola a una vida de fotos sin rostro. Ahora andaba mirando siempre sus zapatitos cuando iba a misa a maldecir su suerte, sus zapatillas de felpa negra cuando rondaba por la casa contando las baldosas, sus pies descalzos cuando se levantaba en mitad de la noche para beber agua con una pajita. Su melena escondía su rostro, tras la rotura se había precipitado hacia delante, era una cortina echada. El maquillaje se pudrió en el cajón de la fantasía. Las cremas faciales de noche y de día ahora las usaba para embadurnar sus empeines: ajados en verano resecos en invierno. Ya nadie hablaba de sus lindos ojos, de sus gorditas mejillas, de sus labios que habían dibujado una tímida y forzada sonrisa alguna vez, muy de vez en cuando, en realidad solo cuando el buhonero de los chismes extravagantes la visitaba. Ahora le alababan sus piernas cuando lucía pantalón corto. Sus rodillas que para ella eran, desde su punto de mira, pequeñas cornisas de redondeado hueso provocaban piropos constreñidos. Andaba con brazos penduleantes y una joroba empezó a anidar en su lomo, la pequeña muñeca triste de cuello partido ahora ofrecía una repisa para ceniceros y vasos en las verbenas. Se negó, se negó a ser la risotada y la burla de los cínicos que no entendían que la tristeza de ser la más triste de las muñequitas tristes había provocado la rotura de su cuello. Se negó a ser el motivo de penitas y lamentos de abuelitas plañideras que: ''habiendo sido ella tan bonita ahora ya jamás habría hombre que la viera casadera''. Se compró una guitarra de saldo y se encerró durante lo que dura un embarazo de burra en su casa de suelos siempre limpios y estantes llenos de polvo, y gastó sus tiempos en leer todo lo escrito sobre el arte de rasgar cuerdas y cantar baladas tristes. Y salió de nuevo al mundo y arrastró una silla hasta la plaza luciendo su vestido mas corto y sus tacones de sandalia donde sus dedos presumían de uñas adornadas con esmaltes caros. Se sentó en mitad de un silencio que la observaba y acunó entre sus brazos su guitarra que quedó cobijada tras su perpetua cortina de pelo. Sonó una nota y luego otra y luego una carcajada y luego unos aplausos humillantemente sardónicos. Su pelo se había enredado formando un ovillo entre sus dedos y ese La y ese Do sonaron distorsionados, no se amedrentó y cambió de tercio empezó a cantar con su bonita voz, las carcajadas burlonas fueron en aumento, la antinatural posición de su cuello reprodujo un graznido opaco. Se rindió, se fue, se cambió el nombre siete veces, se encerró en su casa de suelos impecables y ventanas por las que ya hacia tanto que no se veía el mar, ni el castillo, ni las callejuelas ni el puerto, ventanas sucias por un velo de roña que ella ignoraba. Se arrinconó en su cama y escribió su triste epitafio de muñeca triste de cuello roto. Manchando sus letras con lágrimas goteronas observó que el único objeto que no se enredaba con su pelo era un lápiz, apartó a un lado su triste epitafio y empezó a escribir su triste vida de muñequita triste que tristemente fue castigada con un triste cuello roto.