Andan algo despistados, ensimismados, contemplando ora derecha ora izquierda. Lucen el encanto del estreno, el aroma de lo nuevo. Desconcertados, se acostumbran a esa sensación de calor interior que les invade por vez primera. Diez enanos bailotean en su panza, les cosquillean los bajos, se remueven dentro de sus saquitos de lana. Buena la lana que les acaricia su piel aun tensa, aun tersa, aun poco flexible. Son primerizos en esto del andar, aunque se les parió con este único propósito, a veces sentimientos rebeldes les empujan a soñar libertades, correteos sin destino y pisotones de orgullo. Explorar nuevos suelos, nuevas texturas sin que nadie les dirija, les obligue, les imponga.
Balanceo y espera. Trote, galope… taconeo.
Reposo en mesitas, en pufs, sobre cojines o barbas de alfombra. Idílicos momentos en que se encuentran, se rozan los costados, se lían los cordones, respiran las suelas, se aflojan presiones.
Inconscientes, inocentes, ignorantes de su corta vida. Se romperán costuras, pieles ajadas y resecas cederán, se abrirán rendijas al viento. Parches y plantillas, cremas y betunes, tratamientos de belleza que retrasaran un poco lo inevitable. Serán abandonados, lanzados, repudiados y olvidados sin escrúpulos, sin remordimientos. Pestilentes cubos de basura, rincones fríos y oscuros en callejones sin salida serán sus panteones, sus nichos, sus tumbas. Colgados y enredados sus cordones en cableados, en ramas, a merced de los caprichos de Taranis e irreverentes palomas, para escarnio de miradas asqueadas, miradas de repudio. I tendrán toda una eternidad para recordar que los lucieron como únicos. Imprescindibles con múltiples sustitutos les hacen creer que calzan cuando siempre serán los calzados.
